Los del Jaral

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Crónica verosímil de un acontecimiento histórico construida con imaginación no tan desamparada de la verdad

 

De mi mayor aprecio y consideración, distinguido señor conde:

Nada me place más que daros respuesta de vuestras cartas, que de Abril a Abril, con mensajes de aliento y prosperidad queréis hacerme llegar como obsequioso testimonio de vuestra ya vieja amistad con la que habéis querido distinguirme.

No puedo sino lamentar, como no podía ser de otra manera, a fe mía, la desgraciada suerte de las tropas del rey, nuestro Señor, batidas en franca derrota frente al enemigo invasor, que, como nunca, se ha mostrado fiero y despojado de toda piedad. Las noticias de la caída de Madrid llegaron precedidas de pronósticos agoreros de mala fortuna; y cómo habrá sido aquélla que cuando se tuvo noticia en firme de los hechos, palidecieron las notas vaticinosas y malhadadas de la plebe, que en esta parte del país suele ser a la par que supersticiosa de mucha pobreza en asuntos foráneos, pero de un coraje a toda prueba cuando al terruño atañe, como a continuación me apresuro imponeros a Vd.

Poco después de los hechos de armas, tan desiguales y que enlutan a nuestra querida España, victoriosa hueste de soldados en aventada francachela y grande vicio, llegó a esta aldehuela de Jaén donde, como bien sabe Vd., nada puede ser peor para el pacífico aldeano, que masculla torvo su encono por la invasión, que le frustren un domingo de corrida. El encierro, como pocos domingos había sido el pasado día de ayer, de los buenos; seis hermosos toros del Jaral esperaban oteando al viento su salida al coso desde los chiqueros donde se apiñaban. Es conocido aquello “del buen ganado el de los hierros de D. Vicente Gómez”, pues de su dehesa más de un toro ha hecho historia en los ruedos nacionales. Pese a los bandos de prohibición de toda reunión, la plaza estaba de tope a tope. El cartel atractivo en extremo anunciaba nada menos que a El Navarro, en un mano a mano con Chiclano II. La grita y fanfarria de los asistentes, tan magnánimos al procurarlos, como avaros en prodigar aplauso, atronaban ya los aires en abierta protesta por el retraso.

Las tres y tres cuartos de hora había doblado la mayor de Santa Honorata y el presidente no ordenaba la clarinada que es señal para iniciar el paseíllo… entonces, llegó un momento nada esperado: Lejos de abrirse la puerta de toriles dando paso al primero de la tarde, irrumpió una soldadesca extraña en voces y practicando disparos… engreída de sus recientes victorias apareció ésta, como tengo dicho, por la puerta del Príncipe, aquella destinada a los toreros de postín… y entonces, pasado el inicial sopor por lo inusual del acontecimiento se hizo un silencio que se rompió de pronto al escucharse los aprestos que un baturro, dado a espontáneo, saltara al ruedo navaja en mano y emprendiérala a tajos contra el primer soldado que estuvo a su alcance. Bastó ese acto para que cientos le imitasen y, ¡vamos hombre!, qué espectáculo aquel de ver rodar hombres y chillar doliéndose, que los navajazos blandidos con esa habilidad que Dios ha puesto en nuestros hombres eran de pintura… degollados en un santiamén, soldados y clases rodaban tintos de su sangre, que al correrles a raudales desde sus abiertos gañotes destacaba en sus dólmanes, otrora albos y gallardos. Se inició una persecución por ruedo y tendidos, doquiera el pueblo fiero y amostazado pillaba al odiado enemigo; dábale caza y muerte sin escuchar clemencia… amén de que nada sabe del francés…

Avisado el jefe enemigo de la matanza dentro del recinto, ordenó abrir la puerta grande de un certero tiro de cañón, y voladas que fueron las pesadas tablas lanzó por ellas dentro del corto túnel que salva los tendidos de sombra con dirección al soleado albero, una sección de sus Cazadores a Caballo de dorado casco, botas altas y fulgurante sable. ¡Qué bello espectáculo y qué marciales formas la de esos atletas! Pero, un avisado peón de la plaza, de aquellos amoscados con el contagioso espectáculo, abrió la puerta de chiqueros y pronto irrumpieron en el alborotado ruedo los seis del Jaral. ¡La batahola que se armó allí mismo…!

Como bien sabido lo tiene Vd., carísimo amigo mío, de aquel especial odio que profesa el toro bravo por hombre y caballo, que al momento las bestias la emprendieron sobre las nobles cabalgaduras y destripadas que eran y sus jinetes caídos, embarazados que estaban de sus pesados petos y guanteletes, nuestros bureles alternaban caballos con soldados; alzados guiñapos volaban por los aires, aquellos engreídos victoriosos caballeros que, o bien caían desarmados para ser nuevamente cogidos en vilo, o eran recibidos en el aire para ser ensartados y despedidos con preciso golpe por aquellas reses, de esa bravura heredada por generaciones. Toros lanzadores que empitonaban doquier fuere el lugar que asestaban en esos desdichados.

Un botinero, bizco del izquierdo por añadidura, y codicioso para más datos, había alcanzado a un desarmado y rubio jinete en la tabla de un burladero y le tenía pasado por la espalda y mientras el desdichado alzaba los brazos en dolorosa desesperación el formidable toro había quedado presa de su golpe con hombre y tabla atravesados. Podeos imaginar escenas de las más espeluznantes, y habréis acertado sin lugar a duda.

Como quiera que los poquísimos y maltrechos supervivientes salieran a la plaza dando alaridos, perseguidos por toros y poblada, el regimiento francés, guarnecido en cuadro en el generoso espacio de la explanada de San Nicodemo esperó impertérrito en pasmosa gala y marcial compostura ataque tan singular, y después de la primera y única descarga que alcanzó a disparar fue destrozado por la embestida como si aquellos quinientos hombres hubieran sido gloriosa mata de flores arrancada en vilo por un vendaval. Es pues, señor mío, que la derrota de Pamplona se castigó el domingo en la serenísima plaza de Jaén donde no hay francés vivo para contarla.

Huelga añadir que la tarde fue buena, asueto para los espadas, palmas para el pueblo, palmas para el encierro y pitos atronadores para los pobres godos que a esta hora yacen sepultos en piadosa fosa. Se sabe que el Emperador quedó silente al recibir semejante noticia y en junta de su Estado Mayor, frente a un mapa de operaciones, discute alguna estrategia para la toma de Jaén. No es para menos.

Con la esperanza puesta en esta nota que habrá de llevaros a vuestro corazón de español el natural regocijo por tan extraña como aplastante victoria en las serranías de mi pueblo, me despido de Vd. no sin antes permitirme añadir que si la resistencia que vamos a ofrecer a los invasores se castiga de la forma como ha ocurrido por estos lares y que he narrado para Vd., con algún detalle, muy pronto estaremos nuevamente contagiados del alborozo de traer de vuelta a nuestro amadísimo rey D. Fernando VII, el Deseado, que Dios guarde, y tenga yo entonces la personal dicha de estrechar vuestra mano, mi querido conde, noble amigo y esclarecido caballero.

En Jaén, a 14 de Noviembre del año del Señor de 1808.

(Fdo. – ) Felipe Baldetaro e Hinojosa, marqués de Noblecilla

Al Señor Jacinto Villa Gómez y Baldovino, Conde de la Montería

Palacio del Ayuntamiento

Badajoz

 

El maletilla

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A don Fernando Marcet Salazar

Maletilla. (De maleta, mal torero). com. Persona joven que, desasistida de medios y de ayudas, aspira a abrirse camino en el toreo comenzando a practicarlo, a veces, en las ganaderías o procurando intervenir en tientas, capeas, becerradas, etc. (RAE)

-¡Salió la luna! Ahora a lo nuestro… ¡Vamos!, -¡Un momento!, ¡Alto, aguardad que alguien viene!

Una pareja de guardias civiles se acerca al paso de sus cabalgaduras, los sables colgados del tahalí, las carabinas en las fundas junto al morral; tocados, como siempre, de ese castizo sombrero de dos picos que semeja montera de torero; una mano a las riendas y un brazo en jarras… pronto se pierde la ronda en los recodos del camino.

-Me gusta, hombre, algún día me meteré a guardia civil… ¡Vamos, seguidme! susurró

con mando el oculto mozalbete.

Del matorral cercano, al plenilunio, sigilosos aparecen tres pillastres de formas, hablar y similar aspecto de nuestro amigo. Se le unen y desvisten cuidadosos. Todo un rito, luego con el lío de sus pobres ropas en alto ingresa la tropilla a las frías aguas y ensaya el largo vado que aunque de poco caudal presenta considerable fondo…

-Qué hermosa luna y que bellos esos toros, especialmente aquél que está atento de nosotros…

Quien así divaga entre susurros y pensamientos, es un mozalbete no mayor de diez años, delgado y vivaz, con aquellos ojos y pelo negroscomolos hay muchos por Andalucía.

De la orilla del frente una cerca deja entrever algunas reses que otean

la presencia humana… un mozuelo termina el vado y oculta el bulto…, otro también y así, de uno en uno llegan en experta acción encubierta por aquel recodo algo más allá de la orilla; de allí hasta la cerca de espinosa y crecida jara hay muy corta distancia a los potreros. Del otro lado, la extensa pastura y las suaves colinas donde se guardan, con celo y cuidado, los valiosos erales para la Feria de Córdoba, en mayo, cuando viste de gala el coso de Los Califas.

Con marcado tino Juanete, como le apodan sus compañeros de aventura, salva con habilidad aquella cerca protegida con el seto de espinos y después de salir de esos agudos embarazos escoge el magnífico burel, mejor dicho aquél que receloso permanece atento de la evolución de los extraños.

Ahora, con algún mugido escarba el pasto… Juanete se coloca en suerte le extiende el trapo que hace de capote y cita al astado.

Arrancase éste con el estrépito de su gran peso y el niño lo recibe con una navarra de pintura. Un olé… sordo deja escapar el menudo público protegido del otro lado del cerco que improvisa un burladero… un ruido mayor del  necesario y acudirían los peones armados con sus trabucos y con sus perros… la cosa sería peligrosa y la vida estaría entonces en juego, sea por el toro bravo, las tarascadas de los fieros canes acostumbrados a saltar a la yugular, o las postas de los trabucos… pero, ¿Acaso no valieran la pena ¡Hombre! todas esas simplezas por unos instantes de toreo? ese afán de lidiar tan marcado, es irresistible. La ocasión se pinta sola y ahora conjugan luna, buen ganado, el sabor de la aventura… que perder la vida parecería negocio secundario.

Los toros aprenden rápido y resulta criminal llevar a la plaza toros capeados… de allí que la prohibición de hacerlo apuntaba directamente a los menudos y pobretes hijos del pueblo, a los maletillas que jugándose el pellejo malogran al toro bravo; pues orden había para disparar a matar de saberlos toreando, mejor dicho cuando hurtaban al destino un lindo toro.

Una considerable parte de los peones,como siempre, hacía la guardia y estos mozueloscomoen todos los tiempos y ocasiones en la vasta cuenca del Guadalquivir se daban maña para torear en clandestino. Cuántos habían pagado caro su afición. Si esta desdicha sucedía el llanto de las madres en los depósitos de cadáveres y los velorios era conmovedor… Pero la ley establecía con rígida severidad la suerte de los maletillas y nada abogaba en favor de este oficio que era un paso a la muerte por doble partida… otra navarra y cambio de capa a muleta; recibe al cárdeno por naturales y remata de pecho. Olés y aplausos sordos.

La luna brilla por todo lo alto, es la dicha…

De pronto unos ladridos, voces de alarma, un tropel que se acerca y nuestra menuda granujería pone pies en polvorosa buscando el socorrodelrío cuya orilla está cercana…

Juanete quiere una suerte más y no escucha o no quiere escuchar las voces de los que arrancan y, por el contrario, se prepara para otro lance… los perros ya están cerca, siguen a la jauría un par de peones con sus armas listas…

-¡Que te pillan Juanetillo, salta hermano, saltaya!

Firme, el muchachito tiende la muleta, tiempla y carga la suerte… se arranca el toro; fatal resuena un disparo, hay un revuelo de cuervos y lechuzas en el matorral y entre jirones de negros nubarrones la luna, al ocultarse, parece que se conduele…

El ocio de don Tobías

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Pretextos para crear…

El ocio no lo había sido tal: de tanto sufrirlo le indujo hurgar el fondo de la hucha, allí donde almacena y tiene acción el recuerdo, no fuera que su seno escondiese furtivo valor.

Tampoco la lectura producíale el estado de absorción puesto que pretendía conseguir algo en tiempo dedicado a la nada, pues de inacción se trataba; mas bien resultábale pretexto para inducir ideas y pergeñar recuerdos…

Dejando correr la pluma, a fuer de entusiasmo que de ciencia, escribió algunas líneas que intentando poner en ellas algo de inteligencia consiguió, por el contrario, la mar de confusión.

De los recuerdos, aquél cuando Tobías, que por tal se conocía a nuestro biografiado, hijo menor de un hortelano urcitano se presentó presuroso a clases calzando las toscas y ruidosas abarcas de madera que solía gastar en las faenas del campo, que más le valiese la vergüenza de mostrarse así que perder un solo momento de conjugación y retórica, ¡Qué lata hombre, qué lata!

Si en algo podía confiar, aunque con graves dudas, era en su habilidad para escribir y hablar nacida de la necesidad de vencer la tradicional y extendida inopia de la comarca ejidense. Habíale surgido de pronto -como suele ocurrir por la gracia de Dios- el extraño deseo de conocer los secretos del habla y los fundamentos de su terrible gramática -para los más un verdadero sacrificio- y preñado de ese entusiasmo jamás dejó de asistir a cuanta clase impartía el maestro Antón en la escuelita de El Ejido, lloviere, tronare o encumbrando las colinas de pastura -cuando las reses bravas lo eran aún más en tiempo de celo- pudiérale significar desgracia. Pues no, ¡Qué va!, llegaba a tiempo y ya en plaza desde su asiento en la primera fila, muy atento, aplicaba los sentidos con esa fijeza propia de los posesos.

Tobías era todo un señor, al menos lo parecía, circunspecto hasta cuando los desbordes del entusiasmo fatigan a cualquier prójimo, eran éstos improbable motivo para cambiar aquel temperamento que le celebraba el pueblo. El ignoraba o mal disimulaba que gozaba de ese prestigio atado, claro está, a las demás virtudes que adornan a un caballero que para tal se pintaba singular.

Alguna vez que tomando lugar en la platea del teatro de Almería espectaba la zarzuela de temporada, vínole irrefrenable deseo de cantar siguiendo la voz del tenor, sosteniéndola más allá de los esfuerzos del propio artista. Menuda sorpresa la de los espectadores que sin atinar a protesta alguna, o absortos en ese desafuero de don Tobías quedaron empero gratificados con una estupenda voz.

Murió viejo y cargado del entusiasmo de siempre que todo hacía ver -pues así lo parecía- que la emprendería mejor en su nueva vida.

– ¿Será bueno el ocio?

Publicado por Luis Siabala Valer Hora 05:37:00 AM

Los silencios de la plaza

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El arte del toreo es asunto de pocos, pero tema de muchos. Es conciencia cargada de sangre, miedo, fuerza, olor, colorido, ovación y música… pero también de silencio, uno sepulcral como el que suele producirse en notables tardes en la longeva de la vigésima cuadragésima quinto años existente Plaza de Acho; silencio premonitorio de pinturera suerte o, en fatal extremo, violenta muerte.

Es producto de la cita del destino entre la pareja singular que hacen hombre y bestia con la compañera muerte, la infaltable chaperona que simboliza el luto, por muerte necesaria del toro o la del torero en ocasiones, que también la hubo de ambos. Entonces se dijo que se murió matando, he aquí lo épico del drama.

La corrida de toros lleva inmersa estas potenciales condiciones. Así fue siempre y así lo seguirá siendo. El primitivo ser que mora dentro del aficionado de todos los tiempos y latitudes lo sabe y así lo espera. Se dice que el arte de la lidia resulta de la mezcla de los miedos del toro y los del torero; sumados a los del expectante público, añadimos.

Los conocedores quedan suspensos en los tendidos y el tiempo parece detenerse durante esos silencios… y la muerte, conspicua acechadora de los ruedos, espera su momento, aguarda calculadora; es lívida dama de blancos y largos tules que empuña la guadaña con un crespón negro, la que siempre acompaña a los rivales en la lidia; el uno, pletórico de instinto, poderosa acometida, armado de cornamenta y gran musculatura; el otro, debilísimo de estructura, dotado tan solo de valor, experta mano y acusado juicio que ya rezó sus oraciones.

Los terrenos del toro son defendidos por el burel que no tolera invasión alguna, asunto que conoce el matador. Será necesario en ocasiones, empero, tentar al destino y para lucir aquella suerte habrá de invadir esas áreas que le son vedadas: entonces dentro, paso a paso, a medio paso, tendida y templada la muleta citará y cargará la suerte; luego el astado calculador y bravo, arrancará con estrépito para hacer la historia y cumplir el destino.

Es muy cierto aquello que se murmura: Cuando los terrenos del toro se mezclan con los del torero, ronda la muerte.

Está sonando el clarín y se cambiará de tercio. El último tercio. El sol va picante por todo lo alto; aquella mujer de sedosa cabellera negra mordisquea el fino tallo de un rojo clavel. Ya se dejó la muleta, es el turno del estoque de matar.

Un extendido rumor recorre la plaza…

Lima, 8 de abril; 2011.